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10/05/2008

MANJAR DE SEXO Y AMOR

El día había sido normal. La monotonía y la rutina arañaban de nuevo las paredes de la familia Martínez que, poco a poco, arribaba a casa después de una jornada mas de actividades. José, el papá, terminaba un fatigoso turno de 12 horas detrás del volante de su “chevy gitano”. Helena, la mamá, cuidaba una señora enferma en las mañanas y por la tarde, antes de ocuparse en su casa, realizaba una limpieza diaria de lunes a jueves. De esta manera, combinando, se podía lograr un salario decente en una ciudad indecente e intratable para el inmigrante latino.

En aquella tarde, como generalmente ocurría, todos se aprestaban a disfrutar de una cena muy sabrosa como la que solo mamá sabía preparar. Es más, resultaba casi inevitable que aquel sector de Jackson Heights se nutriera con una variedad indescifrable de olores provenientes de las miles de familias latinas que habitan en esta franja de Queens. De la misma manera que los sectores hindúes se distinguen no sólo por las características particulares de su gente, sino por el inconfundible y penetrante olor de su comida, así era este fenómeno latino que lentamente, minuto a minuto, se palpaba en los alrededores de la 103 y la avenida Corona, y también en el pintoresco corredor de la Avenida Roosevelt. Todo sucedía justo en el momento cuando el sol guardaba su energía y a lo lejos, desde la ventana de la sala, se vislumbrara el incesable y ruidoso paso del tren número 7.

El comedor se encontraba bellamente decorado. Al centro de la mesa una ensalada de vegetales bañada en un poco de jugo de limón generaba mayor saliva en la boca con solo contemplarla, mientras que en las cuatro estaciones los comensales iban surtiendo los platos con el agrado de siempre, especialmente cuando el menú incluía aquella exquisita pasta con atún. Una receta que Elena preparaba con esmero desde que a los 20 años unió su vida con José.

Ramón, el hijo mayor, quien ya se acercaba a los 16 años y Camilo, considerado por sus padres todavía un bebé, pues superaba ligeramente los 12, dialogaban sobre las variadas actividades que habían realizado durante su jornada escolar respondiendo los interrogantes habituales de sus padres. Ambos eran excelentes chicos, muy atentos y respetuosos con los mayores, pero inquietos y curiosos como todos a esta edad.

Camilo, quien con sus ojos claros como el cielo se divertía de todas las cosas que se daban a su alrededor, mencionó como su compañero de clase todavía creía que los “niños eran traídos por la cigüeña”.

-¿Entonces cómo llegan Camilo?- Preguntó el curioso padre.

-¡Vamos papá! Tu sabes cómo nacen y especialmente cómo se hacen, ¿o no?- Sonrió maliciosamente el pequeño travieso.

-Haber chicos, yo creo que es hora de hablar seriamente de

algunas cosas que posiblemente ustedes todavía no conocen muy bien

o tal vez no entienden como deben ser, expresó José ligeramente inquieto.

Ramón, quien no había articulado palabra hasta ese momento mientras disfrutaba el jugoso manjar, se motivó por la invitación y retó a su progenitor.

- ¿A ver papi, qué quieres saber?.

Pese a que José y Elena se sintieron impactados por la atrevida y pronta respuesta, su reacción fue acertada pues en vez de imponer la “sabiduría incuestionable del papá y la mamá” asumieron un papel más sencillo en espera de encontrar ilustración en aquella mesa de diálogo. “Santo Dios ayúdame” pensó José.

-Bueno... empecemos por conocer cómo se hacen. Camilo esta pregunta es para ti, y tu Ramón me contarás lo más fácil que es cómo nacen. ¿Les parece bien?.

Después de un intercambio de tímidas miradas entre ambos y un casi imperceptible movimiento de aprobación, la conversación se abrió siendo Camilo quien afrontó valientemente la invitación. Los oídos del atento padre, en particular, escuchaban sin perder detalle y se sorprendían al reconocer que aquel pequeñín no solo tenía toda la teoría básica de la procreación, sino que fue un poco mas allá al ilustrar cómo algunos compañeros de clase ya empezaban a mostrar sus intenciones de “enamorar” a las chicas buscando realizar trabajos de práctica en estos menesteres.

Para ese entonces no parecía tan evidente la sorpresa del padre, de no haber sido porque sus ojos estaban a punto de caerse por el tamaño que habían adquirido después de las sorpresivas declaraciones, lo que provocó una risa general entre los dos conferencistas y Elena.

Ramón fue el siguiente participante. Su alocución adquirió un tinte científico y muy serio seguramente buscando impresionar a sus oyentes, especialmente su pequeño hermano quien lo miraba con un interés inusual. Era como si su héroe, su gran ídolo, hubiera salido a defenderlo en aquel improvisado duelo. O tal vez como si el “gran maestro” estuviera demostrando todo lo que de verdad sabía. Sin embargo, cuando José lo indagó por la placenta y si conocía el mantenimiento al que era sometido el útero después de que el bebé salía de él, su rostro adquirió un tono pálido mientras en sus tiernas facciones se dibujaba la fina expresión de la incertidumbre.

Después, cuando hubo adquirido mayor confianza, ilustró como en la escuela superior los chicos se pasan fantaseando sobre lo que será su primera experiencia sexual o sencillamente dando gala de su sabiduría después de haberlo experimentado realmente.

-Entre más popular seas, más probabilidades hay de conseguirlo- Expresó tímidamente.

-¿Y tú en qué nivel de popularidad estás? Consultó José un poco alarmado y con temor de escuchar una respuesta para la cual no estuviera adecuadamente preparado.

-Bueno creo que soy muy tímido papá, pero la verdad es que a mí todavía no me parece interesante lo que para otros es su prioridad. Dijo Ramón muy confiado de lo que sentía.

-¡A mí tampoco!- Replicó Camilo con un tono tan serio como el tema en discusión.

Al escuchar todo lo anterior, José dedujo que Dios lo había puesto en el momento oportuno para dialogar con sus hijos sobre un tema que debe ser claro y transparente como el agua. Sin ningún tipo de morbo o malicia, pues no se puede ocultar que tarde o temprano los jovencitos lo sabrán todo por medio de una educación sexual adecuada y bien dirigida, o simplemente atendiendo el parecer de otros jóvenes igual de inmaduros a ellos.

-Inicialmente- dijo el padre- quiero agradecerles mucho todo lo que me acaban de contar. Si bien es claro que casi todo lo sabía, la verdad es que la manera como lo dijeron me parece muy acertada, especialmente para jovencitos de su edad.

Los chicos, que seguían atentos la expresión de su padre, habían tenido una conversación afable y en ellos era visible su satisfacción.

-Entendiendo todo lo que ustedes saben, déjenme hacerles la última pregunta... ¿Qué es el amor?

Por un momento el silencio reinó en el comedor. En la mirada de los chicos se observaba una serie de inquietudes que difícilmente eran capaces de esclarecer. Daba la sensación que tenían la respuesta acertada a un interrogante plagado de errores. Por eso, con el paso de los segundos, aquel minuto se tornó eterno.

-No sé papá- Dijo Ramón, con tintes de angustia en su rostro.

-¡Yo creo que es lo que ustedes sienten por nosotros!- Acertó a comentar Camilo.

-El amor- dijo José- es un sentimiento tan bello como efímero si se confunde.

-¿Qué es efímero?- Consultó el pequeño.

-Que dura poco si no se cultiva Camilo, aclaró el papá para luego continuar. El amor es ese impulso que nos mueve a querer, a cuidar las cosas, a los seres que más valoramos. Así como ustedes cuidan sus juguetes, o quizás tienen entre tantos uno que es el preferido, así mismo nosotros elegimos lo más importante o hermoso en nuestras vidas. Por ejemplo, en el caso de su mamá y yo, lo más importante que tenemos son ustedes. Es como si el mayor tesoro lo hubiéramos recibido de Dios al verlos nacer y crecer junto a nosotros después de esperarlos por tantos meses. Por eso, porque los amamos con toda nuestra fuerza, es que quisiéramos que nunca nada malo les sucediera.

-¿Y la abuelita?- preguntó Camilo, esta vez con el rostro lleno de preocupación, mientras José dejaba ver una tenue sonrisa en sus labios.

-A tu abuela la adoramos, así como ella seguramente nos adora, lo mismo que al tío Carlos o a la tía Claudia y todos los miembros de la familia. Sin embargo, pese a que las cosas importantes se quieren con el mismo amor, la intensidad cambia.-

-¡No entiendo papá!- exclamó Ramón.

-A ver hijos. Cuando yo conocí a su mamá me enamoré de ella. Me parecía bella, encantadora y agradable. Era perfecta para mí. Al mismo tiempo, ese amor que sentía por ella no se podía comparar con el que siento por su abuela. Fue mi mamá la que me crió, me cuidó y se esforzó por hacerme un hombre de bien, cuando mi papá falleció estando nosotros muy pequeños. Ese esfuerzo y todo el cuidado de su abuela por sus tíos y por mí, hoy se lo agradecemos a ella cuidándola y queriéndola mucho.

Si se dan cuenta -prosiguió José- Son dos mujeres muy importantes en mi vida, pero las quiero de distinta manera. Eso mismo le pasa a sus tíos con sus parejas e hijos. Cada ser en el mundo requiere un amor distinto, pero con la misma intensidad si es amor.

-¡Sigo sin entender nada!- fue la nueva exclamación de Ramón.

-¡Yo tampoco! –añadió Camilo.

-¿Qué no entienden? Preguntó el papá.

-¿Y todo eso qué tiene que ver con las relaciones sexuales?

-Muy buena pregunta hijos. Si ustedes se dan cuenta, les está costando entender algunas cosas que son muy sencillas cuando se tiene cierta edad, pero que no son tan claras cuando se tienen los años suyos. Si un jovencito quiere tener relaciones sexuales por inquietudes prematuras, o quizás propias de la edad como dirían los que saben de sicología, deberían preocuparse primero por entender que el sexo no es un juguete, sino una expresión de amor.

-Oooooooooh!- fue la exclamación unísona de los dos muchachos.

-Por eso es que le dicen hacer el amor- añadió Camilo visiblemente conmovido e interesado.

-Tal vez -prosiguió el padre- si en las escuelas no solamente les explicaran a ustedes lo que físicamente se hace con el cuerpo cuando se está haciendo el amor, como lo señala Camilo, sino que les inculcaran también lo vital que es el amor para que el sexo tenga sentido, seguramente que los jóvenes estarían pensando en otras cosas y no en jugar con algo tan serio.

-¿por qué tan serio papi?- de nuevo indagó el menor.

-Porque para hacer el amor se necesita estar enamorado fundamentalmente. Y para amar se necesitan varias cosas, entre ellas tiempo, detalles, muchos momentos compartidos. Además, hay que ser una persona seria y respetuosa. No se pude hacer del  amor un juego irresponsable o sin sentido como tal vez muchos lo quieren ver. Inclusive personas adultas que todavía no han podido tomar responsabilidad de sus actos.

Ramón –continuó indagando José- ¿te imaginas que sería de tu vida si a los 16 años te dijeran que vas a ser papá? ¿Estarías listo para ese reto? ¿O que tal ser víctima de una enfermedad mortal como el SIDA, simplemente porque en la escuela o en alguna de las actividades del grupo se presentó la oportunidad de tener sexo con una de las chicas que, al igual que tu, sencillamente están jugando a ser grandes? ¿Estarías dispuesto a asumir este reto?. Ahora, no crean que este tipo de enfermedades no puede ser adquiridas por chicos y chicas. Algunos ni siquiera  saben que las padecen gracias a la irresponsabilidad de los padres. Es decir, por herencia.

El silencio reinante en aquel cuarto se podía cortar. Los dos jovencitos se miraban anonadados. Ramón porque nunca lo habían cuestionado tan seriamente, y Camilo porque quería saber cómo su ídolo iba a responder, así no entendiera por completo lo que su papá había formulado.

-Miren muchachos. El interés apresurado en el sexo no es culpa de ustedes, quiero que lo entiendan. Nosotros sabemos que afuera hay cantidad de cosas que los inducen, que los motivan y despiertan su interés antes de tiempo. Las películas, la televisión, las revistas hacen que el sexo se mire como algo sencillo, fácil. No les quiero decir que el acto como tal sea complicado, pero las consecuencias de hacerlo sin responsabilidad pueden ser devastadoras.

Helena, que hasta ese entonces había permanecido muy callada, pero atenta, respaldo a José y señaló un poco más.

-Mis amores. Quisiera que ustedes entendieran algo muy importante: el amor, ese sentimiento del que habla su papá, no solo se siente sino que hay que cuidarlo. Para eso se necesita añadirle algo más importante que se llama respeto.

Mientras ustedes respeten a los demás, ellos, a su vez, los respetarán a ustedes. El día que se enamoren de una chica seguramente que cuanto más la respeten más fuerte será la unión entre ustedes. Por eso, mas allá de ser sus padres, y de adorarlos con el alma, nosotros los respetamos como seres humanos y tratamos de hablarles con sinceridad, para que cuando se equivoquen no sean tan graves sus errores, o por lo menos esperamos que siempre exista o sepan encontrar una solución oportuna y rápida.

Ramón, un poco inquieto, replicó.

-Mami, pero yo no he escuchado a ninguno de mis compañeros hablar de amor o de respeto cuando se refieren a las chicas. Qué pensarán ellos si yo les digo algo parecido, me van a rechazar o simplemente se reirán de mí pensando que soy un estúpido.

Helena, visiblemente conmovida, pero con voz tierna y muy serena, le añadió.

-Ramoncito. Ustedes están muy jóvenes para reflexionar sobre algunos temas que inclusive a los adultos nos cuesta entender, o por lo menos aceptar. Sin embargo, pese a su corta edad, son muy inteligentes y receptivos. No está en ustedes entender estas cosas, sino que es una responsabilidad de nosotros como padres dejarles la inquietud. Tal vez lo que tu papá y yo les hemos dicho no lo quieran compartir, pero al menos sabemos que cuando algún problema u “oportunidad” se les presenten ustedes sabrán que hacer, así no estemos para discutirlo.

Si repasan bien lo que les ha dicho su papá, notarán que todo es cierto aunque duela reconocerlo. Hoy más que nunca, siguen aumentando los casos de jovencitos que se ven enfrentados a una paternidad prematura. Miles de chicas quedan abandonadas con un hijo, mientras que los “valientes caballeros” caminan irresponsablemente por ahí en busca de otra aventura, eso sin contar a muchos padres que les toca asumir nuevas responsabilidades para corregir los desaciertos de unos hijos que nunca fueron advertidos y mucho menos educados. 

El silencio volvió a reinar. Los chicos no se miraban, porque tal vez cada uno procesaba, a su manera, la información recibida.

José y Elena se miraron tiernamente mientras se agradecían en silencio, mutuamente, lo mucho que se habían querido durante estos 20 años. Ellos, más que nadie, entendían que nada en la vida era fácil y mucho menos gratuito. Por eso, pese a que algunos se resisten a la idea de que esto ocurra, la vida misma debería obligarnos a aceptarlo como una situación inevitable. Ellos habían vivido un momento tan particular como extraño, el cual afrontaron con claridad, decoro, sabiduría y orgullo. Educar, formar e instruir no debería ser una obligación que espante a nadie, sencillamente porque los diplomas no estén colgados en las paredes del hogar. Para educar solo se necesita paciencia para escuchar y disponibilidad para compartir. Por lo menos así ellos lo entendían en una fórmula que hasta el momento aportaba muy buenos resultados.  

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