
Durante esta temporada que termina se ha buscado esa semilla de amor, misericordia, justicia y paz que tanto se necesita para que Jesús habite en nosotros de una vez y para siempre. A pesar de parecer insistentes, la gran verdad es que muchas personas siguen asistiendo a la Santa Misa por cumplir con una costumbre semanal, una tradición familiar o simplemente una obligación social. Sin embargo, Dios que todo lo sabe, entiende que hay muchos de sus hijos que siguen caminando fuera del templo con el corazón vacío, sin nada que los invite a cambiar su afecto por las cosas materiales, por las debilidades carnales o las trampas del deseo y el pecado. Salen sin permitir que la fuerza del Espíritu penetre en ellos y abra un pesebre en sus corazones para que el Hijo del Hombre nazca de verdad. No tiene que ser solamente en diciembre para que ésto suceda, lo importante es la atención que pongamos al llamado de Dios, ya que siempre estará invitándonos a caminar junto a Él; la clave del asunto está en conocer e identificar ese llamado, esa invitación.
En la carta de Pablo a los Tesalonicenses (capítulo 5:16-24), hay un gran mensaje contenido con una sencillez pasmosa: los cristianos estamos invitados a vivir alegres en el Espíritu del Señor, a perseverar en el sendero que conduce a Su reino a través de la oración constante y repetida, sin cansarnos, sin desfallecer por muy complicada que parezca la prueba o la cruz que estemos cargando en el momento. Créanme que más pesada será la carga cuando se levanta por sí sola, sin la ayuda de nadie y muchos menos sin la presencia de Jesús.
San Pablo, en la misma carta, subraya la importancia de revisar todo lo que sucede a nuestro alrededor y extraer lo positivo para crecer, para aprender, para depurar nuestra esencia humana, no para destruir y acabar con todo, como muchas veces ocurre cuando nuestra vida se ha topado con toda clase de sin sabores. Es una invitación sincera a romper con el negativismo que nos produce una niñez llena de urgencias o una juventud apurada y sin control.
Ahora, cuando se nos invita a reflexionar, a participar activamente de esa vida espiritual que muchos promueven, pero no viven, debemos apartarnos un momento de todas las cosas que nos apremian a diario y pensar hacia dónde vamos, porqué lo hacemos y si vale la pena.
Trabajar 60 horas a la semana, por citar un ejemplo, es un gran esfuerzo que muchos hacen tal vez para surtir la mesa o cumplir con las obligaciones y necesidades del hogar. Sin embargo, cuando se sacrifica el espacio de la familia, del descanso, de la integración social y la relación con Dios, simplemente para sumar dinero, con la angustia que aporta la desconfianza y el amor por el dinero, entonces el rumbo está trocado. Mañana, cuando un ataque fulminante le parta el corazón, o cuando sus seres amados decidan alejarse ante su indiferencia, es muy posible que le pida a Dios una respuesta a sus problemas, sin darse cuenta que desde hace mucho tiempo Él intentó dejarle saber sus errores. ¿Cuántas veces no llegó al templo y el Señor le habló en las lecturas o la homilía del sacerdote y quizás usted, mientras bostezaba, miraba al lado o simplemente se desligaba de la celebración para pensar en lo que iba a pasar mañana, sin saber si llegaría, porque así de volátiles somos, no entendió el mensaje, la advertencia?
Esta nota, que tal vez muchos ni siquiera lean y mucho menos analicen, puede ser un llamado para usted. Solo usted y Dios saben lo que hay en su corazón. Solo usted pone el pasador que cierra la puerta para que Jesús entre allí. Su temor a tener que renunciar o compartir lo poco o mucho que tiene es más fuerte que la verdadera esencia de ser cristiano. Sin embargo recuerde: Nada, absolutamente nada de lo que posee es suyo, le pertenece y mucho menos se lo podrá llevar cuando la muerte anuncie su visita. Mejor ocúpese en manejar un cambio que le permita acercarse a Dios con quien en algún momento se tendrá que encontrar, así no lo sienta en el fondo de su alma pese a parecer un practicante comprometido.
Por eso la invitación es para que la duda no lo asalte más y permita que la fuerza del Espíritu Santo aloje esa semilla que tanto procura nuestra iglesia. Que el Señor los acompañe y viva por siempre en sus corazones. Amén.
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