
“Nos debemos convencer de la prioridad de la ética sobre la técnica, del primado de la persona sobre las cosas, y de la superioridad sobre la materia”. (Juan Pablo II en su discurso de la Libertad de la conciencia y las religiones, 1 septiembre 1980)
El hombre, dentro de todas las imperfecciones que lo acompañan, tiene una que especialmente atenta contra la unión permanente con Dios: La duda. Esta, a su vez, reduce la fe cuya finalidad es abrir nuestro corazón al Espíritu del Señor.
Hasta finales del siglo XVI y comienzos del XVII, existía entre la comunidad cristiana una fe absoluta e inquebrantable sobre la presencia de Dios en nuestra vida, el regalo de un mundo maravilloso y la presencia redentora de Jesús como vehículo exclusivo para llegar a conquistar la vida eterna. Sin embargo, después que se empiezan a producir algunos descubrimientos científicos junto a teorías “revolucionarias” muy ajustadas a la “lógica humana”, se generó un distanciamiento espiritual con Dios.
Hasta ese entonces el cristianismo era un estilo de vida junto a Dios y al servicio de las comunidades. Los cristianos creían en la unión espiritual de los bautizados y para ellos la Buena Nueva era la confirmación de una promesa presentada por el Hijo de Dios durante su transitar entre nosotros.
Después, cuando se concluye que las cosas no eran como se suponía (por ejemplo que la tierra no era el centro del universo), la división empieza a marcar el camino del cristiano, en una historia que tal vez muchos conocen o pudieran descubrir a través de los anales escritos desde siglos atrás.
Sin embargo, al pasar el tiempo y observar como la tecnología y la ciencia avanzan a pasos agigantados, se puede notar que las explicaciones que eran “lógicas” en muchos momentos se contradicen o simplemente no son tan ciertas y contundentes como inicialmente se pensaba. Por eso resulta común leer u oír que “algo que era ya no es”.
Como hombres, afectados siempre por la soberbia y el anhelo voluntario o involuntario de superar a Dios, hemos pretendido, por ejemplo, generar vida gracias a la clonación y, pese a todo, cada experimento que se realiza deja más dudas que respuestas. Las teorías y planes científicos siguen avanzando pero cada vez hay más por indagar y conocer. Pareciera como sí la búsqueda de la “verdad humana” fuera siempre incompleta e infinita, especialmente cuando la presencia de Dios se hace inevitable.
Una cosa que nunca podrá estudiar ni resolver la ciencia es la consistencia del espíritu y por qué de sus lazos afectivos con Dios. Esto nos ayuda a confirmar que nuestra capacidad mental se basa solo en lo que podemos ver o palpar, admitiendo que el universo del ser humano es aun más complicado. Y es allí, en ese interior, donde la presencia del Señor se da cuando el corazón, y no el cerebro, participan en su encuentro.
Siendo esta parte espiritual exclusiva de Dios, debemos reflexionar por qué queremos aislarlo de nuestras vidas. Cuál es la razón por la que pretendemos desatender nuestra sensibilidad interna negándonos a nosotros mismos la posibilidad de alimentarnos en Cristo Jesús. Su palabra no sólo es sabía, es perfecta para orientarnos y hacernos crecer. Por eso Jesús, hoy, se nos presenta como un Pan de Vida capaz de alimentar a todo el mundo y mucho más. Quien lo sigue será saciado con Su mensaje de amor y respeto por nosotros mismos y los demás. Quienes no lo escuchan seguramente tendrán una vida plana que se fija solamente en lo que pueden palpar y ver, resistiéndose a creer que al final de la vida hay un mas allá.
Esa ausencia de fe, afectada por las dudas científicas que a diario brotan, se debe en parte a que los medios de comunicación, en su afán por informar, muestran las cosas de una manera fría e insensible. Informan para que la razón participe en el análisis, pero excluyen todo aquello que pueda levantar el espíritu.
Por eso debemos buscar y alimentarnos de la Biblia, ir a Misa, participar de la Santa Eucaristía, visitar el Altísimo frecuentemente, orar y rezar permanentemente como herramientas dadas por Dios y la Iglesia para perseverar en al Fe sin que la duda y las respuestas de la ciencia nos separe del camino de la salvación. Hay que creer en el amor de Dios, la Gracia de Su Hijo amado y el poder del Espíritu Santo como escudo protector de nuestro interior. Por eso los católicos debemos perseverar y luchar por comunidades cristianas sólidas, fuertes y apegadas a Dios sin temor a dudas.
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