
Para los católicos es un deber reflexionar a diario sobre aquellas cosas que nos roban la Gracia del Señor. No se puede negar que pretender llevar una vida de santidad cuesta, especialmente cuando somos en esencia tan frágiles y vulnerables a las tentaciones. Sin embargo, para ayudarnos a equilibrar esa lucha diaria, la Eucaristía y la Palabra se combinan como herramientas que nos ayudan a mantenernos en el camino de Dios. Por eso debemos continuar renovando nuestra unión al Padre celebrando de manera regular el sacrificio de Jesús, y fortaleciéndonos con la riqueza y sabiduría de Su Palabra.
Revisando Números 21:4-9, se observa como el pueblo judío se revela y reniega de las promesas de Dios cuando enfrenta la adversidad. Esas murmuraciones obligaron al Padre ha manifestarse de nuevo para derrotar la incredulidad que los embriagaba, pero solo cuando sintieron que la muerte los acechaba se volvieron una vez más a Dios y aceptaron su mandato.
Este apartado bíblico nos recuerda la reiterada costumbre que tenemos de molestarnos cada vez que las cosas no se dan como esperábamos. Sin embargo, cuando no queremos oír Su Palabra, o simplemente dejamos de orar, de acercarnos a Él, entonces la angustia aumenta y el desespero se hacen presentes en el panorama. Es ahí donde debemos aprender de Jesús y la absoluta obediencia que siempre le profesó al Padre, como bien se destaca en Filipenses 2:6-11.
El Hijo de Dios, absoluto y eterno, en su calidad de hombre mortal, nunca dudó en aceptar la voluntad del Padre a pesar de saber el cruel destino que le esperaba. Es ese ejemplo de humillación, de aceptación y confianza, el que debemos exhibir cada vez que recurrimos a Él. ¿Si el Verbo fue manso a pesar de su condición Divina, entonces por qué nosotros pretendemos superarlo en exigencia? ¿No sería mejor aceptar y entregarnos en Sus manos con total confianza, sin dudar, esperando solo aquello que Dios ha establecido para nosotros? ¿Recuerda alguna vez haber agradecido que las cosas no se dieran como usted pensaba o quería? ¿Se ha preguntado cuál es el sentido de las cosas que Dios nos da o hace por nosotros? No sería tan difícil encontrar una respuesta a estos interrogantes, de no ser por la marcada distancia que hemos puesto con Él y la Iglesia.
En Juan 3:13-17, se descubre una verdad absoluta: es en Jesús donde está el sendero de la salvación, de la vida eterna. Es allí, en la cruz, donde debemos poner la mirada para encontrar la verdad, el perdón de nuestros pecados y el alimento para seguir sus enseñanzas. A pesar de haber sido un acto doloroso y cruel, en aquel madero se consumó el más inmenso gesto de amor jamás realizado. Por eso Jesús es un misterio de amor eterno en el cual debemos refugiarnos con confianza.
Cada nuevo día, al persignarnos, estamos recordando quiénes somos y qué debemos hacer. No podemos ser cristianos de nombre o por desecho. No, todo lo contrario. Nuestro compromiso debe ser sincero y permanente, a pesar de que las circunstancias no sean las mejores. Los problemas, cualesquiera sean los motivos, son pruebas de fe y como tales debemos aceptarlos, mas allá de su origen y consecuencia.
Por eso hoy elevamos la Santa Cruz como símbolo de perdón y esperanza. Nunca olvidemos que fue allí donde Dios entregó a su Hijo para que el mundo entero pudiera lavar sus pecados y entender el misterio de la muerte, sin olvidar la vida que nos espera cuando llegue la hora de partir a Su casa.
Así como los israelitas miraban la serpiente para salvarse del castigo, miremos nosotros a la Cruz con plena seguridad de encontrar la luz. Amén.
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